Todo hombre que viene a este mundo está dotado, por la naturaleza humana que Dios le otorgó, de una serie de facultades que hacen de él un ser con inteligencia, voluntad y muchas otras facultades y virtudes. Pero el hombre adquiere su plenitud cuando, elevado al orden sobrenatural por el bautismo primero, y luego por el resto de los sacramentos, es hecho amigo, contertulio y conocedor de las intimidades de Dios (“ya no os llamaré siervos, sino amigos” Jn 15:15). Gracias a ese orden sobrenatural al que es elevado, adquiere nuevas facultades que hacen de él un ser totalmente nuevo y con potencialidad para llegar hasta donde ni él mismo se podría imaginar.

El cuento que les relato hoy nos muestra cómo el hombre, elevado por la gracia, es capaz de grandes sueños; sueños que, sin ella, no serían sino una locura imposible.

……….

Érase una vez un pequeño gusano que un buen día, movido por un impulso irresistible, decidió ponerse en marcha en dirección al sol. Muy cerca de la vereda por donde él transitaba, se cruzó con un saltamontes, quien entre salto y salto le preguntó:

  • ¿Hacia dónde te diriges?

Sin dejar de caminar, la oruga contestó:

  • Tuve un sueño anoche: soñé que, desde la punta de aquella gran montaña que ves allá a lo lejos, yo contemplaba todo este maravilloso valle donde vivimos. Me gustó tanto lo que vi en mi sueño que he decidido realizarlo.

Sorprendido el saltamontes, dijo mientras su amigo se alejaba:

  • ¡Debes estar loco! ¿Cómo podrás llegar hasta aquel lugar? ¡Tú, una simple oruga! ¡Una piedra será para ti una montaña, un pequeño charco un mar y cualquier tronco una barrera infranqueable!

Cuando terminó el saltamontes su discurso, nuestro pequeño amigo ya estaba algo lejos. Sin prisa, pero sin pausa, su lento paso le iba acercando poco a poco a su meta.

De pronto, el escarabajo, que acababa de salir de debajo de una piedra, al verle andando con tanto afán se dirigió a nuestro gusano y con voz grave le preguntó:

  • ¿Hacia dónde te diriges con tanto empeño?

Sudando y algo cansado, el gusanito, le dijo jadeante:

  • Tuve un sueño y deseo realizarlo: subir a esa montaña y desde ahí contemplar todo nuestro mundo.

El escarabajo soltó una carcajada y dijo:

  • Ni yo, con patas tan grandes, intentaría realizar algo tan ambicioso.

Y el escarabajo se quedó tumbado en el suelo mientras que la oruga continuaba su camino.

Del mismo modo, la araña, el topo, la rana y la flor le aconsejaron desistir en su empeño:

  • ¡No lo lograrás jamás! – le repetían una y otra vez.

Pero en su interior, el gusano tenía un impulso que le obligaba a seguir, ¡era su sueño!

Ya agotado, sin fuerzas, y a punto de morir, decidió detenerse para descansar y construir en su último esfuerzo, un lugar donde pasar la noche.

  • Aquí estaré mejor. Fue lo último que se le oyó decir; y después, murió.

Avisados por una tórtola que lo vio muerto, todos los animales del valle fueron a contemplar sus restos.

  • ¡Ahí yace el animal más loco del valle entero! – se decían los animales entre sí.

El propio gusano, poco antes de morir, se había preparado su propia tumba. La cigarra, perezosa ella, con pena de ver a su amigo difunto, puso junto a la tumba un cartel que decía:

–         “Aquí está enterrado uno que perdió su vida por querer alcanzar un sueño imposible”.

–               ¡Es un auténtico monumento a la insensatez! – pensaron todos.

Una mañana en la que el sol brillaba de una manera especial, todos los animales se congregaron en torno a aquello que se había convertido en una advertencia para los atrevidos. De pronto quedaron atónitos, aquella concha, endurecida por el sol de varios días, comenzó a resquebrajarse, y con gran asombro, vieron unos ojos y unas antenas que buscaban salir por entre las grietas del caparazón.

Poco a poco, como para darles tiempo para reponerse del impacto, fueron saliendo las hermosas alas arcoíris de aquel impresionante ser que tenían frente a ellos: una bellísima mariposa.

Todos quedaron mudos sin saber qué decir; aunque bien sabían ellos lo que ocurriría, nuestro gusano, convertido ya en mariposa, se iría volando hasta la gran montaña y realizaría su sueño; el sueño para el que había vivido, por el que había muerto y por el que había vuelto a la vida. ¡Todos se habían equivocado!

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Así es el cristiano. Su vida es un lento caminar con sus ojos puestos en la alta montaña. Un sueño aparentemente imposible, pero que una vez transformado por la gracia, le dará alas para poder alcanzarlo.

“Pues habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con Él” (Col 3: 3-4).