Hace ya muchos, pero que muchos años, había un famoso rey que vivía en su castillo-palacio de Renania. De todos era bien conocido por su avaricia y su mal carácter. En su deseo de aumentar sus arcas y su poder, no hacía más que inventarse nuevos impuestos con los que oprimía y empobrecía a sus súbditos.

No hacía mucho tiempo que el rey había apresado y encarcelado a Romualdo, a quien todo el pueblo veneraba y reverenciaba como a hombre de Dios y profeta de su pueblo. En un edicto redactado en un pergamino y hecho público en las plazas centrales y mercados de las villas de su reino, hizo saber que no lo pondría en libertad hasta que el pueblo pagase una muy elevada suma de dinero por su rescate. Esta era una manera un poco primitiva y bastante salvaje de cobrar impuestos, pero el rey sabía que el pueblo veneraba mucho al santo y acabaría pagando.

Después de varios meses recolectando dinero, ya habían pagado mucho, pero la cantidad recaudada no llegaba aún a lo estipulado.

Una viejecita de un pueblo muy lejano se enteró también de lo que sucedía y quiso contribuir en su pobreza. Era hilandera, y todo su capital en aquel momento eran seis madejas recién hiladas. Las tomó y se encaminó a palacio a entregarlas para el rescate.

Las personas, al verla pasar, se contaban unos a otros su caso, y no podían menos de sonreírse ante la ingenuidad de su gesto y la inutilidad de su esfuerzo.

  • ¿Qué valen seis madejas de hilo en un rescate de millones? Decían entre ellos.

Algunos incluso se lo decían a la viejecita en su cara e intentaban disuadirla de su empeño. Pero ella seguía su camino y contestaba:

  • “No sé si pondrán en libertad a Romualdo o no. Lo único que pretendo es que, cuando Dios, en su juicio, me pregunte qué hice yo cuando Romualdo estaba en la cárcel, no tenga yo que bajar los ojos avergonzada”

Y presentó su ofrenda.

El rey, a cuyos oídos había llegado ya su historia, en un arranque que no tenía explicación humana alguna, liberó al hombre de Dios.

……..

¡Cuántas veces nos excusamos nosotros también ante los problemas de las personas que nos rodean y no hacemos nada pensando que nuestro esfuerzo será inútil! ¡Y tú qué sabes!

Historias como esta han sido capaces de conmover, no sólo a reyes, sino también al mismo Dios. ¿Acaso no te acuerdas de la ofrenda de la pobre viuda en el gazofilacio del templo? (Lc 21: 1-4) ¿No recuerdas lo que Jesús dijo? Todos los demás han echado de lo que les sobraba; en cambio esta mujer, en su indigencia, ha dado todo, hasta lo que tenía para vivir”.

Dios no se fija tanto en la cantidad, sino en la totalidad. Dicho en otras palabras, si por amor a Él hemos sido capaces de darlo todo. Y es que Dios se conmueve ante un corazón que ama de verdad. Probablemente nosotros no podamos hacer nada si actuamos usando solamente nuestras fuerzas; pero cuando Dios está a nuestro lado… nos hacemos todopoderosos.