Construir la cultura del cuidado común

Queridos diocesanos:

El próximo domingo, día 25 de septiembre, celebramos la 108 Jornada Mundial de los Migrantes y Refugiados. El lema que nos propone el Papa es: “Construir el futuro con los migrantes y refugiados”, invitándonos a promover espacios de acogida y hospitalidad en la Iglesia y en la sociedad. Pero esto sólo lo podremos hacer acompañando, escuchando, incluyendo y haciendo participar a las personas migradas. Es la forma de decidir nuestro futuro.

La nueva situación nos exige autodisciplina y responsabilidad. Estos valores deben traducirse en comportamientos concretos y cotidianos que no pueden pasarnos desapercibidos. De su observancia depende una nueva experiencia que nos reafirma en la necesidad de considerar en cada momento qué modelo de sociedad y cultura se está promoviendo. Cuando la voluntad individual y sus éxitos se exhiben como si fuesen la genuina expresión de la libertad, ¿cómo detener entonces la inercia del individualismo para que el barco vire en medio de la tormenta rumbo hacia el interés común? ¿Qué tierra acogerá la semilla del cuidado y responsabilidad por los demás, si en ella no se han ido cultivando los valores de la justicia social? “No hay futuro sin justicia. La urgencia de la justicia se da en un mundo dividido y lleno de brechas que se pueden sanar y reconciliar, y nunca convertir en rentas para provechos electorales y para alcanzar el poder” (1).

En todo este proceso hay que reconocer una responsabilidad personal, pero también institucional. La libertad humana no crece espontáneamente como una espora. Se desarrolla y madura al abrigo de la austeridad responsable y también del sacrificio por los demás. Por eso, la situación que vivimos nos trae una advertencia que hay que tener en cuenta: necesitamos sociedades impregnadas de una cultura del cuidado común. “La solidaridad no es un simple sentimiento de compasión con los más débiles o con la persona necesitada que está junto a mí”, es “la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos” (2).

Junto al esfuerzo por la justicia y la caridad de la Iglesia, está el de todos los que en la sociedad civil están siendo los buenos samaritanos de este siglo XXI. El Evangelio nos lleva a comprometernos con nuestra sociedad civil, y colaborar con sus estructuras. “El amor a la sociedad y el compromiso por el bien común son una forma excelente de caridad” (3).

“Nadie debe ser excluido. Su proyecto es esencialmente inclusivo y sitúa en el centro a los habitantes de las periferias existenciales. Entre ellos hay muchos migrantes y refugiados, desplazados y víctimas de la trata. Es con ellos que Dios quiere edificar su reino, porque sin ellos no sería el reino que Dios quiere. La inclusión de las personas más vulnerables es una condición necesaria para obtener la plena ciudadanía. De hecho dice el Señor: “Venid benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me distéis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme (Mt 25,34-36)” (4). Todos somos miembros de un mismo cuerpo, esencialmente solidarios consciente y moralmente.

Hemos de preguntarnos: ¿cuál es la actitud de quienes nos decimos cristianos ante los migrantes y refugiados? ¿No es posible que nuestra indiferencia contribuya a que estas personas sientan como ajeno un pueblo cuya acogida no se identifica con la que promueve el Evangelio? Necesitamos acompañarles y ser acompañados por ellos. La Iglesia representa a una embarcación que navega hacia la ciudadanía de los santos, dispuesta a rescatar y dar cobijo a quienes hayan naufragado en la vida por cualquier causa. Ella mejor que nadie, encarnada en todo tipo de lugares y culturas, sabe cuán enriquecedor resulta, junto a la solidaridad, el intercambio fraterno de experiencias y puntos de vista. “Aquí no tenemos ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura” (Heb 13,14).

Compromiso diocesano

Agradezco mucho la labor de Caritas en el quehacer caritativo-social. La doctrina de la Iglesia nos orienta para trabajar en el objetivo de la armonía social, abriendo espacios de cooperación no sólo económica, sino también religiosa y cultural, si de verdad queremos lograr una convivencia justa y pacífica para construir el futuro. ¡Tengamos presentes también en nuestra oración a los Migrantes y Refugiados!

Os saluda con afecto y bendice en el Señor.

+ Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela.

 

(1) Mensaje de los Obispos de la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y Movilidad Humana de la Conferencia Episcopal Española 2022, 1.

(2) JUAN PABLO II, Sollicitudo rei socialis, 38.

(3) FRANCISCO, Laudato si’, 231.

(4) FRANCISCO, Mensaje para la 108 Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2022.