Entre las muchas cosas que nos enseñó Jesucristo, hay una que nos cuesta mucho aceptar. De hecho, hay muy pocos cristianos que lleguen a vivirla de verdad:

  • “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará”. (Mt 16: 24-25).

El mismo Jesucristo, la noche de Jueves Santo, turbado y angustiado ante los acontecimientos que le aguardaban, pidió a su Padre:

  • “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”(Lc 22:42).

Intentando seguir sus enseñanzas, le pedimos continuamente a Dios que se haga siempre su voluntad tanto en la tierra como en el cielo; pero a la hora de la verdad, cuando Dios nos “manda” algo que no nos gusta, nos rebelamos, nos ponemos tristes, y en muchos casos abandonamos.

Les cuento ahora una historia que revela hasta qué punto es importante, no sólo entender el significado de la frase “perder la propia vida para encontrarla”, sino el ver en ella el único camino posible si realmente deseamos seguir a Cristo.

 

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Dos hombres caminaban una fría tarde de invierno en dirección al Monasterio de San Juan de la Peña situado en el Pirineo aragonés. Tenían planes de quedarse esa noche en la hospedería, recuperar fuerzas y, al día siguiente, seguir su camino hacia Santiago de Compostela. Estando todavía a unos cinco kilómetros del monasterio, les sorprendió una tremenda tormenta de nieve y viento. La abundante nieve dificultaba su progreso y el tremendo frío les hacía temer por sus vidas ya que podían morir congelados.

En una de las vueltas que daba el camino, oyeron la voz de socorro de un hombre que había caído por un precipicio. Se asomaron y lo vieron tendido en el suelo al fondo. Parece ser que se había torcido un tobillo en la caída. Allí yacía, inmóvil y comenzando a congelarse, mientras esperaba a un buen samaritano que escuchara sus gritos.

Uno de los peregrinos quiso bajar y echarle una mano. El otro razonó diciendo que la noche ya se echaba encima, que la nieve no cesaba, que el esfuerzo sería en vano y puede que los tres perdieran la vida. Por otro lado, constituyéndose en juez, pensó que Dios ya tenía decidido el destino ese hombre.

Mientras éste siguió su camino solo, el otro –encomendándose a Dios- bajó hasta donde estaba el accidentado, que además de herido se estaba congelando. Lo envolvió en su manta, lo cargó atándolo a sus espaldas y empezó a subir. El peso del herido le hacía sudar mucho. Casi una hora más tarde, después de un tremendo esfuerzo, consiguió llegar arriba. Fabricó unas muletas para el herido y ambos, entrada ya la noche, continuaron la marcha hacia el monasterio.

Después de casi dos horas caminando tan rápido como les era posible, divisaron cercanas las luces del monasterio. ¡Ya quedaba poco para llegar! Una sonrisa amplia comenzó a dibujarse en sus caras, pero la alegría les duró muy poco.

Tapado por la nieve y oculto también por la oscuridad, tropezaron con un gran bulto que estaba enterrado bajo la nieve en medio del camino. De repente el rostro de nuestro buen samaritano se llenó de estupor. El objeto con el que habían tropezado era el cuerpo helado y muerto de su compañero.

Aquel que había dejado al herido en el precipicio porque prefirió salvar su vida yacía ahora congelado y muerto junto al camino. En cambio, el que exponiendo su propia vida había bajado al precipicio consiguió salvarla. El tremendo esfuerzo para ayudar al herido lo mantuvo caliente y activo.

 

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Que también nosotros, imitando a este buen hombre; y mucho más a Jesucristo, podamos hacer realidad en nosotros estas difíciles y maravillosas enseñanzas.

“Lo más difícil para mí es no tener ninguna carga que llevar, ningún dolor que soportar, ningún defecto que superar, ningún problema que afrontar, ninguna persona a quien escuchar, ayudar y amar”.