Un viejo ermitaño decía que tenía demasiado trabajo. Confesaba que debía adiestrar halcones y águilas, mantener quietos conejos, vigilar una serpiente, cargar un asno, domar un león… y hasta controlar un tigre. Aquellos animales no estaban fuera, sino dentro de él.

La Cuaresma es precisamente ese tiempo en que la Iglesia nos invita a reconocer las “fieras” que habitan en nosotros y a emprender, con la gracia de Dios, su paciente doma.

Los halcones, nuestros ojos, se lanzan sobre todo lo que brilla, sea bueno o no. ¡Cuánto necesitamos educar la mirada! Mirar con pureza, con respeto, con gratitud. En un mundo saturado de imágenes, la Cuaresma nos invita a limpiar los ojos del alma.

Las águilas, nuestras manos, pueden herir o pueden servir. ¿Qué hacen nuestras manos? ¿Se tienden para ayudar o se cierran en el egoísmo? La limosna cuaresmal no es solo dar cosas: es aprender a usar las manos para levantar, acompañar, sostener.

Los conejos, nuestros pies, buscan siempre el camino fácil y huyen del sacrificio. Pero el Evangelio nos recuerda que el seguimiento de Cristo pasa por la cruz. No todo lo difícil es malo: a veces es el camino que nos hace crecer.

La serpiente, nuestra lengua, es de las más peligrosas. Encerrada tras “treinta y dos barrotes”, apenas se abre la puerta está lista para morder. La murmuración, la crítica constante, la palabra hiriente. El ayuno cuaresmal podría empezar por ayunar de palabras que envenenan.

El asno, nuestro cuerpo, se cansa, protesta y busca comodidad. Necesita disciplina, pero también cuidado. El sacrificio cristiano no es desprecio del cuerpo, sino educación del deseo para que no gobierne sobre el espíritu.

El león, nuestro corazón orgulloso, que quiere ser el primero. Y el tigre, nuestro carácter impulsivo, salta cuando menos lo esperamos. ¿No son estas luchas bien conocidas por todos?

San Pablo nos lo recuerda en la carta a los Colosenses: “Revestíos de entrañas de misericordia, de bondad, de mansedumbre, de paciencia… sobre todo, revestíos con la caridad, que es el vínculo de la perfección”. El ermitaño sabía perfectamente que la clave de todo es el amor.