El próximo 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor, celebramos la Jornada por la Vida. En este día contemplamos el momento en que el Hijo de Dios comenzó su vida humana en el seno de la Virgen María. El misterio de la Encarnación nos recuerda algo sencillo pero muy profundo: toda vida humana es un don de Dios.

Cada persona que llega a este mundo es única e irrepetible. No es un accidente ni un simple resultado biológico. Desde su comienzo, la vida humana posee una dignidad que nadie le puede quitar. Por eso la Iglesia defiende la vida desde su inicio hasta su final natural. La ciencia también reconoce que desde la concepción existe una nueva vida humana con su propia identidad; sin embargo, nuestra sociedad vive una contradicción dolorosa: por una parte, se desarrollan grandes esfuerzos para salvar vidas y cuidar a los más débiles, pero, al mismo tiempo, el aborto se presenta como un derecho.

La defensa de la vida no significa juzgar ni condenar a nadie, sino acompañar y apoyar. Muchas mujeres viven el embarazo en medio de problemas económicos, inseguridad laboral o sin apoyo familiar. Como comunidad cristiana estamos llamados a estar cerca de ellas, a ofrecerles ayuda concreta y a crear una cultura donde ninguna madre se sienta sola. Como recuerdan los obispos, una sociedad verdaderamente humana se mide por cómo protege a los más vulnerables, y entre ellos se encuentran los niños que aún no han nacido.

Además, la Jornada por la Vida nos invita a revisar nuestra propia mirada. La cultura actual nos acostumbra a valorar la vida cuando es fuerte, útil o productiva. El Evangelio, en cambio, nos enseña a reconocer su grandeza, especialmente cuando es frágil y dependiente. Allí, precisamente, es donde más claramente se manifiesta el amor de Dios.

También en nuestra parroquia queremos ser un lugar donde la vida sea valorada. Defender la vida significa promover la familia, apoyar a los padres, cuidar a los enfermos, acompañar a los ancianos y educar a los niños en el amor y el respeto.

En esta fiesta contemplamos el «sí» de María que abrió la puerta a la esperanza del mundo. Pidámosle que nos ayude a reconocer el valor inmenso de cada vida humana y que nos enseñe a ser siempre amigos y defensores de la vida.