Cada 4 de agosto la Iglesia dirige su mirada hacia san Juan María Vianney, el santo Cura de Ars, patrono de todos los sacerdotes. Su vida fue un auténtico incendio de amor a Cristo y a las almas. Desde un pequeño pueblo francés iluminó al mundo entero, recordándonos que un sacerdote santo puede transformar una parroquia, una ciudad y hasta una época.

Hoy es un día para dar gracias. Gracias por tantos sacerdotes que, con discreción y sin hacer ruido, entregan su vida cada jornada. Son los primeros en abrir la iglesia y los últimos en apagar la luz. Celebran la Eucaristía, perdonan en nombre de Dios, acompañan el dolor de las familias, sostienen a los enfermos, anuncian el Evangelio, educan en la fe y siembran esperanza allí donde otros solo ven cansancio o desesperanza.

El sacerdote no es un funcionario ni un simple gestor de actividades religiosas. Es un hombre elegido por Cristo para hacer presente su misericordia y su amor. Por eso, cuando falta un sacerdote, no solo pierde la Iglesia: pierde toda la sociedad. Pero también ellos necesitan ser queridos. Necesitan sentir el afecto de su comunidad, una palabra de aliento, una oración sincera. Son hombres de carne y hueso, con alegrías y preocupaciones, con momentos de entusiasmo y también de cansancio. Cuidar a nuestros sacerdotes es cuidar el corazón de la Iglesia.

Y junto a la gratitud, este día debe convertirse en una gran súplica. Necesitamos vocaciones. No podemos resignarnos a que nuestros seminarios se vacíen o a que las comunidades se queden sin pastores. Cristo sigue llamando, pero necesita familias que eduquen en la fe, parroquias que recen con insistencia y jóvenes valientes capaces de responder con un «sí» generoso. La historia demuestra que las épocas de mayor renovación de la Iglesia siempre han ido precedidas de sacerdotes santos. También hoy Dios quiere seguir regalándonos pastores según su Corazón. No dejemos de pedirlos.

En este 4 de agosto, llenemos nuestra oración de nombres concretos: el sacerdote que nos bautizó, el que nos confesó después de tantos años o habitualmente, el que nos llevó la comunión en la enfermedad, el que nos acompañó en un funeral o celebró nuestro matrimonio. Demos gracias por ellos y recemos especialmente por quienes sirven con fidelidad en el silencio, por los sacerdotes ancianos y enfermos, por los que atraviesan momentos de dificultad y por nuestros seminaristas.

Que san Juan María Vianney despierte en nuestra comunidad parroquial de San Antonio un renovado amor al sacerdocio. Una parroquia que ama a sus sacerdotes, reza por ellos y pide nuevas vocaciones es una parroquia con futuro. Que nunca nos falten pastores santos, generosos y enamorados de Cristo, porque donde hay un sacerdote fiel, allí sigue latiendo el corazón del Buen Pastor.