En nuestra parroquia de San Antonio conservamos un pequeño puñado de tierra africana. Es la tierra del lugar donde, hace ahora cincuenta años, cayó asesinado el padre Luis García Castro, misionero del Instituto Español de Misiones Extranjeras (IEME). Es poca tierra. Apenas un puñado. Pero cuando conocemos su historia, deja de ser tierra para convertirse en memoria, en testimonio y, quizá, también en una llamada. Luis García Castro nació en Madrid el 2 de febrero de 1934. Se formó en el Seminario de Madrid y posteriormente en el Seminario Nacional de Misiones de Burgos. Siendo joven marchó a Mozambique y allí entregó dieciocho años de su vida al servicio del Evangelio. Trabajó en la diócesis de Tete, donde todos le conocían como el padre Castro. Era especialmente querido por la población más sencilla y necesitada. Quienes le conocieron recuerdan a un hombre de profunda fe, cercano, alegre y con un optimismo capaz de contagiar esperanza. No fue simplemente un sacerdote que estuvo en África: hizo de África su casa y de sus gentes su familia.

El 6 de agosto de 1976, cuando solamente tenía 42 años, su vida fue truncada violentamente. En el puente sobre el río Pungue, cerca de la frontera con la entonces Rodesia —hoy Zimbabue—, fue asesinado a balazos junto con otro sacerdote misionero, una religiosa y un niño. Dieciocho años de misión quedaban atrás. Una vida entera por delante quedó detenida de repente. En su tumba puede leerse una frase sencilla, pero estremecedora: «Dejó su vida en África». No dice simplemente que murió en África. Dice que dejó allí su vida. Y quizá no exista una manera más hermosa de definir la vocación misionera. Un misionero no entrega solamente unos años, ni cambia únicamente de país. Entrega su tiempo, sus fuerzas, sus seguridades, sus proyectos y, sobre todo, su corazón. Va para anunciar a Cristo y termina descubriendo que aquellos a quienes fue a servir se han convertido en parte de su propia vida.

Esta historia nos toca todavía más de cerca porque el padre Luis era hermano de José García Castro, feligrés y colaborador de nuestra parroquia. Por eso aquella tierra africana ha llegado también hasta San Antonio. África, de algún modo, está entre nosotros. Y esa pequeña tierra tiene algo que decirnos. Nos recuerda las palabras de Jesús: «Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto». El padre Luis cayó en tierra africana, pero no cayó en el olvido. Cincuenta años después seguimos pronunciando su nombre. Seguimos recordando su fe, su alegría, su entrega. Y seguimos preguntándonos qué significa realmente vivir una vida que merece la pena.

Porque la misión no pertenece solamente a quienes marchan lejos. Todos tenemos una tierra donde sembrar. Nuestra familia, nuestra parroquia, nuestros enfermos, nuestros mayores, los pobres, los jóvenes, tantas personas que necesitan una palabra de esperanza, una mano tendida o simplemente alguien que camine a su lado. No todos estamos llamados a ir a África. Pero todos estamos llamados a entregar algo de nuestra vida. Por eso, cuando miremos ese pequeño puñado de tierra que conservamos en San Antonio, no pensemos solamente en el lugar donde murió un misionero. Pensemos en el lugar donde un hombre entregó su vida por amor. Y recemos para que nunca falten en la Iglesia hombres y mujeres capaces de hacer de su vida una semilla.

El padre Luis dejó su vida en África. Y cincuenta años después, una pequeña parte de aquella tierra sigue entre nosotros para recordarnos que una vida entregada por amor nunca se pierde.