Hay silencios que incomodan y otros que hablan. El silencio de una iglesia pertenece a estos últimos. Entrar en un templo debería ser algo distinto a entrar en cualquier otro lugar. No porque las paredes sean diferentes, ni porque necesitemos convertir nuestras iglesias en museos donde nadie pueda respirar, sino porque allí está el Señor. En el Sagrario está Jesucristo, realmente presente. Y ante Él, el silencio es la forma de adorarle.

Sin embargo, a veces, entramos en la iglesia y continuamos hablando como si estuviéramos en la calle, en una cafetería o en el portal de casa. Comentamos, saludamos, preguntamos, contamos las últimas novedades… y quizá lo hacemos con la mejor intención. Pero mientras nosotros hablamos, otra persona está intentando rezar.

Así, guardar silencio en el templo también puede convertirse en un pequeño servicio al hermano. Quizá la persona que está sentada a nuestro lado lleva una preocupación enorme. Quizá alguien ha venido a llorar delante del Señor. Quizá otro necesita cinco minutos de paz después de una semana difícil. No sabemos lo que vive quien está junto a nosotros.

Una iglesia llena de personas puede estar llena de ruido y, al mismo tiempo, vacía de silencio. Necesitamos recuperar algo tan sencillo como entrar, hacer la genuflexión ante el Santísimo y guardar unos minutos de silencio. Solo hace falta recordar dónde estamos.

El silencio antes de la Misa prepara el corazón para celebrar. El silencio después de la Comunión permite agradecer. El silencio ante el Sagrario ayuda a presentar al Señor nuestras preocupaciones, nuestras alegrías y también aquello que no sabemos expresar con palabras. No se trata de crear un ambiente frío, incómodo o exageradamente rígido. Una iglesia es también casa, comunidad y familia. Podemos saludarnos y acogernos. Pero hay momentos y lugares para conversar y otros para callar. La puerta de la iglesia debería marcar también un cambio de actitud: fuera, muchas voces; dentro, una Voz que queremos escuchar.

El Señor no nos pide grandes cosas. Simplemente nos dice “quédate un momento conmigo”. Y nosotros, por una vez, podríamos dejar el móvil, las conversaciones y las prisas… y hacerle caso.