Hay amores que no terminan con la muerte. Hay nombres que siguen vivos en nuestro corazón, rostros que recordamos con ternura y personas cuya ausencia todavía nos duele. Son nuestros familiares, amigos y tantos seres queridos que nos precedieron y que forman parte de nuestra historia. Aunque ya no podamos abrazarlos, seguimos unidos a ellos por el amor y por la fe. Por eso, la novena de las Benditas Ánimas del Purgatorio que celebraremos, del 28 de octubre al 5 de noviembre, es una invitación a recordar y a rezar. No basta con echar de menos a nuestros difuntos; como cristianos, estamos llamados a encomendarlos al amor misericordioso de Dios.

La Iglesia nos enseña que la muerte no rompe la comunión entre quienes peregrinamos todavía en este mundo y quienes han partido de él. En Cristo, todos formamos parte de una misma familia. Por eso rezamos por nuestros difuntos, ofreciendo nuestras oraciones y participando en la Eucaristía por ellos, con la esperanza de que la misericordia de Dios los purifique y los conduzca a la plenitud de su presencia.

Rezar por las almas del purgatorio es, además, una hermosa obra de caridad. Es amar a quienes ya no pueden pedirnos nada, recordar a quienes quizá han quedado en el olvido y confiar a Dios a tantas personas que murieron sin que nadie las recuerde. Es también reconocer con humildad que todos necesitamos la misericordia del Señor y que nuestra esperanza última no está en nuestros méritos, sino en su amor infinito. En medio de una sociedad que tantas veces aparta la mirada de la muerte, esta novena nos ayuda a contemplarla desde la fe. No para vivir con miedo, sino para aprender a vivir con más hondura, valorar el tiempo que se nos concede y amar mejor a las personas que tenemos cerca.

Quizá alguno de nuestros seres queridos se fue hace muchos años, apenas aparecen en nuestros recuerdos y ya no tengan a nadie que pronuncie su nombre en una oración Que el amor de nuestra comunidad alcance también a quienes han sido olvidados. Cuando encendemos una vela, pronunciamos un nombre o elevamos una oración por un difunto, estamos diciendo que su recuerdo permanece y que lo confiamos a unas manos más grandes que las nuestras: las de Dios.

Que la Virgen María, consuelo de los afligidos y madre de la esperanza, acompañe a nuestros difuntos y sostenga a quienes lloran su ausencia. Recemos por nuestros difuntos. Hoy por ellos; mañana, que otros recen por nosotros. Y siempre, con la esperanza puesta en Cristo, que ha vencido a la muerte y nos ha abierto las puertas de la vida eterna.