Cuenta una historia que una golondrina llegó tarde a la cita del otoño. Sus hermanas ya habían partido hacia tierras más cálidas y ella, sola, decidió lanzarse al mar para emprender el vuelo. Brillaba el sol, pero no había barcos donde posarse ni descanso posible. El cansancio aumentaba y, cuando las fuerzas se agotaron, pensó en dejarse caer al agua y morir.

En ese momento vio otra golondrina volando muy cerca de la superficie del mar, en su misma dirección. Aquella presencia le devolvió el ánimo. Cada vez que flaqueaban sus alas, miraba a su compañera y encontraba fuerzas para seguir adelante. Voló así durante largo tiempo. Al caer la noche, la golondrina amiga desapareció. La meta estaba ya cercana y entonces se preguntó: «¿Dónde estás, amiga de viaje? ¿O acaso solo eras mi propia sombra reflejada sobre el agua?»

La Cuaresma que vivimos como comunidad parroquial se parece mucho a este relato. Es un tiempo en el que tomamos conciencia de nuestra fragilidad y del cansancio acumulado en el camino de la vida y de la fe. A veces sentimos que vamos tarde, que otros avanzan con más ligereza, mientras nosotros afrontamos el desierto en soledad. Enfermedades, fracasos, heridas del pasado, pecados repetidos o preocupaciones profundas pueden hacernos pensar que ya no tenemos fuerzas para continuar. Pero la fe nos recuerda algo esencial: no caminamos solos. Cristo ha conocido el cansancio, la noche, la cruz. Por eso puede decirnos con verdad: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré».

La Cuaresma es, ante todo, un tiempo de conversión: de volver el corazón a Dios, de reconocer humildemente lo que pesa en nuestra conciencia y nos impide volar con libertad. En la confesión, Cristo sale a nuestro encuentro, como esa presencia fiel que nos ofrece el perdón y renueva las fuerzas. Su presencia puede parecernos discreta, casi invisible, como una sombra sobre el agua. Sin embargo, es real. Nos sostiene en la oración, en la Eucaristía, en la Palabra, en la comunidad que camina unida.

La Cuaresma no es un camino para hacerlo solos. Es un tiempo para dejarnos acompañar, para confiar y para seguir volando aun cuando las fuerzas flaquean. Si permanecemos en su compañía, nuestras noches no serán tan oscuras y el final del viaje será un puerto de descanso y de vida nueva: la Pascua.