«¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado.» (Lc 24, 5-6)

Con estas palabras del Evangelio comienza la gran alegría de la Pascua. El sepulcro vacío no es un símbolo ni una idea: es el signo de que la vida ha vencido a la muerte y de que el amor de Dios es más fuerte que todo mal.

Los primeros discípulos llegaron al sepulcro llenos de tristeza y desconcierto. Pensaban que todo había terminado en la cruz. Pero Dios tenía la última palabra. Allí donde parecía haber fracaso, Dios hizo nacer una vida nueva.

La resurrección de Jesucristo no es solo un acontecimiento del pasado. Es la fuente de nuestra esperanza hoy. Nos recuerda que ninguna noche es definitiva, que ningún dolor es inútil cuando se pone en manos de Dios y que siempre es posible comenzar de nuevo.

En medio de un mundo que a veces parece cansado, dividido o desanimado, los cristianos estamos llamados a ser testigos de la Pascua: personas que creen en la fuerza del bien, que apuestan por el perdón y que siembran esperanza.

La Pascua también nos invita a renovar nuestra fe y nuestra vida cristiana. El Señor resucitado sale a nuestro encuentro en su Palabra, en la Eucaristía y en la vida de la comunidad. Cuando abrimos el corazón a su presencia, descubrimos que Él sigue caminando con nosotros, iluminando nuestros caminos y sosteniendo nuestra esperanza.

Que esta fiesta santa renueve la alegría de nuestra parroquia de San Antonio y fortalezca nuestra misión de anunciar el Evangelio. Allí donde haya tristeza, llevemos consuelo; donde haya desánimo, llevemos esperanza; donde haya indiferencia, llevemos el testimonio de una fe viva. Porque Cristo ha resucitado y su luz sigue transformando el mundo.

¡Feliz Pascua de Resurrección!

Cristo vive y camina con nosotros.