Hay despedidas que no son solamente el cierre de una etapa. Son también un examen de conciencia para una ciudad. La marcha de las Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno de A Coruña, tras décadas de presencia silenciosa y fecunda, nos obliga a detenernos y preguntarnos cuántas vidas fueron sostenidas gracias a unas mujeres consagradas que eligieron permanecer junto a quienes más necesitaban acogida, dignidad y esperanza.

Desde 1995, en la casa de acogida de la calle Cardenal Cisneros, las hermanas han abierto puertas que muchas veces la sociedad mantenía cerradas. Mujeres vulnerables, heridas por la soledad, la pobreza, la violencia, la exclusión o el abandono, encontraron allí no solo un techo, sino algo todavía más difícil de ofrecer: una mirada limpia, una escucha paciente y la certeza de que su vida seguía teniendo valor.

Antes de esa etapa, su servicio en el Hospital Modelo dejó igualmente una huella profunda de humanidad y cercanía. Allí, como tantas congregaciones hospitalarias que han tejido la historia sanitaria y social de nuestras ciudades, ejercieron una presencia discreta pero decisiva: cuidar, acompañar, aliviar, permanecer. Siempre permanecer.

Ahora cierran la casa y se marchan de A Coruña. Y la ciudad queda un poco más pobre.

Vivimos tiempos en los que abundan los discursos sobre derechos, inclusión y solidaridad. Pero las hermanas no hicieron discursos: hicieron hogar. No teorizaron sobre la fragilidad humana: la abrazaron. No buscaron reconocimiento público: buscaron personas concretas, con nombres y heridas concretas.

Su labor no puede medirse en estadísticas. Está escrita en historias personales que quizá nunca conoceremos del todo: mujeres que recuperaron confianza, personas que volvieron a empezar, lágrimas secadas en silencio, noches acompañadas, comidas compartidas, oraciones susurradas cuando ya no quedaban fuerzas.

También conviene reconocer que esta despedida refleja una realidad más amplia: el envejecimiento y disminución de muchas comunidades religiosas que durante décadas sostuvieron buena parte de la atención social y sanitaria en nuestro país. Allí donde una congregación se marcha no desaparece solo un servicio; desaparece una forma profundamente humana y evangélica de estar junto al sufrimiento.

Por eso, más que nostalgia, este momento debería despertar gratitud y responsabilidad. Gratitud hacia unas hermanas que gastaron su vida por los demás. Y responsabilidad para que la sociedad, las instituciones y las comunidades cristianas no permitan que el vacío dejado por su marcha se traduzca en más soledad para los vulnerables.

A Coruña les debe mucho. Muchísimo más de lo que probablemente aparecerá en titulares o documentos oficiales.

Gracias por tantos años de entrega.
Gracias por cuidar cuando nadie miraba.
Gracias por hacer visible la ternura de Dios en medio de tantas heridas humanas.

Las puertas de la casa “Betania” de Cardenal Cisneros se cierran.

Pero el bien sembrado permanecerá mucho tiempo en esta ciudad.