Las imágenes de un terremoto o de cualquier otra catástrofe conmueven el corazón. Al ver el sufrimiento de tantas personas, surge una pregunta tan antigua como el ser humano: ¿Dónde está Dios cuando ocurre todo esto? ¿Por qué permite tanto dolor?

No existen respuestas fáciles. La fe cristiana no ofrece explicaciones simplistas ni pretende eliminar el misterio del sufrimiento con unas pocas frases. Al contrario, la Biblia está llena de personas que también preguntan, protestan y lloran delante de Dios. Los salmos, el libro de Job y el mismo Jesús en la cruz —«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»— nos muestran que la pregunta es parte del camino de la fe.

Las catástrofes naturales forman parte de un mundo creado con sus propias leyes. No son una condena divina. Jesús rechazó expresamente la idea de que las desgracias sean consecuencia de una culpa mayor de quienes las padecen. El sufrimiento, para el cristianismo, sigue siendo un mal. Lo que anuncia el Evangelio es que Dios no permanece indiferente al dolor humano. El mismo Jesucristo ha querido compartir nuestra fragilidad. Ha llorado ante la muerte de un amigo, ha sentido miedo, ha sido rechazado, ha padecido y ha muerto en una cruz. Desde entonces, nadie sufre solo. Cristo está junto a quien llora, sostiene al que pierde toda esperanza e inspira el amor de quienes se acercan para ayudar.

Por eso, ante una tragedia, la primera respuesta cristiana no es buscar explicaciones, sino ofrecer consuelo, solidaridad y esperanza. Nuestra misión es clara: acompañar a quien sufre, compartir sus cargas y construir un mundo más fraterno. Porque, cuando la tierra tiembla, Dios sigue estando presente. Está en el abrazo que consuela, en la mano que rescata, en el pan que se comparte y en la esperanza que se niega a morir.

La fe tampoco nos promete una vida sin lágrimas. Nos promete algo mucho más grande: que el dolor y la muerte no tienen la última palabra y que llegará el día en que «enjugará toda lágrima de sus ojos».

Que nuestra oración por las víctimas se convierta también en compromiso concreto. Porque la fe que no se hace solidaridad corre el riesgo de quedarse en palabras, la fe que se traduce en amor hace presente a Cristo allí donde más se le necesita.