En una rueda de prensa del Mundial, un periodista preguntó al seleccionador nacional de España si, con la tensión de los partidos decisivos, estaba rezando más que de costumbre. La respuesta sorprendió por su sencillez: “No. Rezo lo mismo. Lo que pasa es que, en estos momentos, se nota más”. No sé si todos compartimos su fe, pero sí creo que esa respuesta encierra una profunda sabiduría. Vivimos en una cultura que, con frecuencia, se acuerda de Dios sólo cuando las cosas se complican. Mientras la salud acompaña, el trabajo funciona, la familia va bien y los proyectos salen adelante, parece que podemos arreglárnoslas solos. Pero cuando aparece el miedo, la incertidumbre o el sufrimiento, entonces levantamos la mirada al cielo.

No hay nada de malo en acudir a Dios en los momentos difíciles. Al contrario. Jesús mismo nos invita a confiar en el Padre en todas las circunstancias. Lo que resulta empobrecedor es reducir la oración a un recurso de emergencia. La oración no es un salvavidas que se utiliza en caso de naufragio; es la respiración del alma. No es una póliza de seguros para cuando llegan los problemas, sino una relación viva con Aquel que nunca deja de caminar a nuestro lado. Por eso la respuesta de Luis de la Fuente resulta tan elocuente. No rezaba más porque hubiera un Mundial. Rezaba igual que siempre. Seguramente la diferencia es que, cuando millones de personas observan un partido y la tensión se multiplica, cualquier gesto de fe adquiere una visibilidad especial. Pero la verdadera fe no nace de la presión; se cultiva cada día, en la discreción de la vida ordinaria.

También conviene recordar algo importante. Dios no decide el resultado de un partido de fútbol. No reparte victorias según quien rece más ni toma partido por una selección u otra. La oración no pretende convencer a Dios para que haga nuestra voluntad; pretende abrir nuestro corazón para aceptar la suya. Quien reza no busca un trato de favor, sino la paz, la fortaleza y la lucidez para vivir con serenidad tanto el éxito como el fracaso. ¡Qué distinto sería nuestro modo de vivir si rezáramos con esta constancia! Si habláramos con Dios no solo cuando necesitamos algo, sino también para darle gracias, pedir perdón, escuchar su Palabra y poner en sus manos cada jornada. Entonces descubriríamos que la oración deja de ser un acto ocasional para convertirse en una forma de vivir.

Quizá esa respuesta del seleccionador español, pronunciada con total naturalidad, nos deja una pregunta incómoda y muy personal: ¿yo sólo rezo cuando tengo miedo o cuando necesito un milagro? ¿O he hecho de la oración un encuentro cotidiano con el Señor?