Hay lugares donde el tiempo parece detenerse para dejar hablar a Dios. Lugares en los que se sostiene, con una fuerza invisible y poderosa, la vida de la Iglesia. Uno de ellos es el Monasterio de las Hermanas Pobres de Santa Clara (Santa Bárbara), en pleno corazón de A Coruña.

Tras los muros de su clausura, esta comunidad es un hermoso signo de esperanza. Está formada por diecinueve Hermanas: catorce profesas y cinco novicias. En un tiempo en el que, con frecuencia se habla de la escasez de vocaciones, no deja de ser un motivo de acción de gracias, comprobar que el Señor continúa sembrando generosamente en los corazones y sigue llamando a jóvenes que responden con valentía a su llamada.

Además, la universalidad de la Iglesia está reflejada admirablemente. La mayoría de las hermanas son españolas, pero junto a ellas viven y rezan religiosas procedentes de Madagascar, Kenia, Nigeria, Tanzania y Puerto Rico. Unidas por una misma fe, una misma regla y un mismo amor a Cristo, hacen visible que la Iglesia no conoce fronteras.

Santa Clara comprendió que la verdadera riqueza no consiste en poseer, sino en pertenecer enteramente a Cristo. Su vida fue una proclamación luminosa de que Dios basta. Ocho siglos después, ante una sociedad fascinada por el éxito, el ruido y la prisa, las Clarisas anuncian, con la elocuencia de su silencio, que solo Dios puede llenar plenamente el corazón humano.

El próximo 11 de agosto, memoria de Santa Clara de Asís, tendremos la alegría de participar en la Eucaristía, a las 18:00 horas, presidida por nuestro arzobispo, Francisco José Prieto Fernández.

Su presencia en esta celebración es un signo de la cercanía de toda la Iglesia diocesana hacia esta querida comunidad contemplativa. Será una ocasión privilegiada para dar gracias a Dios por uno de los sustentos de la Iglesia, que no solo vive de la predicación y de la acción pastoral, sino también de la oración silenciosa y perseverante de quienes han consagrado su vida a Cristo.

Ojalá seamos muchos los que acudamos ese día al monasterio. Será una oportunidad para agradecer a estas hermanas el inmenso regalo de su vocación, para encomendarnos a su oración y para pedir al Señor que siga suscitando abundantes y santas vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada y también al matrimonio cristiano.

Mientras el mundo mide el valor de las personas por lo que producen, Dios sigue mirando con predilección a quienes, escondidos con Cristo, sostienen la Iglesia con el poder inmenso de la oración. Y entre esos corazones escondidos laten, con admirable fidelidad, las Hermanas Pobres de Santa Clara.