El calendario litúrgico tiene ciertas delicadezas que parecen casualidades, pero que en realidad son una magnífica catequesis. El 14 de septiembre celebramos la Exaltación de la Santa Cruz y, al día siguiente, el 15, contemplamos a Nuestra Señora de los Dolores. Primero la Cruz; después, una Madre junto a la Cruz. Y las dos fiestas nos hablan, en el fondo, del mismo misterio: el amor que no abandona.

Vivimos en un mundo que intenta evitar el sufrimiento a toda costa. Queremos una vida sin cruces, sin enfermedades, sin fracasos, sin despedidas, sin lágrimas. Nadie desea sufrir, pero la experiencia nos enseña que hay cruces que no podemos evitar. Llegan sin pedir permiso: una enfermedad, la muerte de una persona querida, una preocupación por los hijos, una soledad inesperada, un problema que parecía no tener solución.

¿Qué hacemos entonces con la cruz? La fe cristiana no nos dice que el sufrimiento sea bueno ni que tengamos que buscarlo. Nos dice algo mucho más profundo: que ninguna cruz tiene la última palabra cuando Cristo está en ella. Por eso exaltamos la Santa Cruz. No exaltamos el dolor, ni hacemos una especie de culto al sufrimiento. Exaltamos la Cruz porque en ella Cristo convirtió el instrumento de la muerte en signo de entrega, amor y salvación. Allí donde parecía que todo terminaba, comenzó una esperanza nueva.

Y al pie de esa Cruz encontramos a María. El Evangelio no nos presenta a una Madre que hace desaparecer milagrosamente el sufrimiento de su Hijo. María no baja a Jesús de la Cruz. No puede evitar el drama. Pero hace algo inmenso: permanece. «Junto a la cruz de Jesús estaba su madre». ¡Qué pocas palabras y qué grandeza contienen! María permanece cuando otros se han marchado. Permanece en silencio cuando no encuentra explicaciones. Permanece con el corazón atravesado por el dolor, pero sin dejar de amar.

Quizá ésta sea una de las grandes lecciones de estos dos días: hay momentos en los que no podemos solucionar los problemas de quienes amamos, pero siempre podemos estar a su lado. Una madre junto al hijo enfermo. Un esposo acompañando a su mujer. Un amigo que no desaparece en los momentos difíciles. Una comunidad cristiana que sabe llorar con quien llora. Una parroquia que intenta que nadie cargue solo con su cruz.

Estas celebraciones nos recuerdan que el amor verdadero no huye cuando llegan las dificultades. Miremos, pues, la Cruz con esperanza. Y miremos a María para aprender a permanecer. Porque, al final, quizá la gran pregunta de la vida no sea solamente cuánto hemos sufrido, sino cuánto hemos amado cuando nos tocó sufrir. Y allí, junto a cada cruz vivida con amor, sigue estando una Madre.