Era una tarde calurosa del mes de junio. Sería como alrededor de las 4:30. A pesar de la abundante circulación, el tráfico era relativamente fluido. Los hechos ocurrieron en una de esas arterias principales que cruzan cualquiera de los pueblecitos de España; después de haber tenido un alcalde que quería hacerse notar, este la había llenado de semáforos cada doscientos metros y por no estar sincronizados debidamente tardabas un buen tiempo en cruzarla. Más todavía si te caía algún “fangio” que se tomaba su tiempo para salir de un semáforo en rojo. Me imagino que la situación le será bastante familiar.

En esto que uno de los semáforos de la avenida se pone amarillo justo cuando mi amigo iba a cruzar con su automóvil. Él, que iba a una velocidad prudente, no tuvo que hacer mucho esfuerzo para detenerse un metro antes de la línea de paso para peatones. Si hubiera acelerado un poco, podría haber pasado, pero prefirió ser prudente.

De repente, una mujer que conducía el automóvil que estaba detrás de él se puso furiosa y empezó a tocar la bocina en repetidas ocasiones, al tiempo que acompañaba la “música” con comentarios, adjetivos, interjecciones… llenos de “color” en alta voz, y que ahora por decoro no me atrevo a repetir. Por culpa del “tortuga” que iba delante había tenido que hacer una parada en seco. Y para colmo, se le cayó el móvil mientras hablaba con su amiga.

En medio de su pataleta, oyó que alguien le tocaba el cristal del lado. Allí, parado junto a ella, estaba un policía mirándola muy seriamente. El oficial le ordenó salir de su coche y la llevó a la comisaría donde la revisaron de arriba abajo, le tomaron fotos, las huellas dactilares y la pusieron en una celda.

Después de un par de horas, un policía se acercó a la celda y abrió la puerta. La señora fue escoltada hasta el mostrador, donde el agente que la detuvo estaba esperando con sus efectos personales:

  • “Señora, lamento mucho este error”, le explicó el policía. “Le mandé bajar mientras usted se encontraba tocando la bocina fuertemente, queriendo pasarle por encima al auto de delante, maldiciendo, gritando improperios y diciendo palabras soeces. Mientras la observaba, me percaté que de su espejo colgaba un Rosario; su auto tenía en el parachoques de atrás varias pegatinas que decían: ‘¿Qué haría Jesús en mi lugar?’, ‘Sígueme el domingo a la Iglesia’ y entre ambas, el emblema cristiano del pez. Así que todo ello me llevó a pensar que el auto era robado”.

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Con qué facilidad se nos “ve el plumero” a los cristianos. Intentamos dar una imagen ante los demás, pero luego nuestras obras niegan todo aquello que decimos defender. “Por sus obras los conoceréis” – dijo el Señor. Es bastante frecuente que nuestra fe vaya por un lado y nuestras obras por el lado opuesto. Cuando ese es el caso, antes o después se produce una “esquizofrenia” en la persona; división que no tarda mucho tiempo en pasar factura, pues como nos dice el adagio: “Si no vives como piensas, al final acabarás pensando como vives” (Gandhi), que no es sino una paráfrasis de lo dicho por Jesucristo “Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7:16) y explicado también por el apóstol Santiago (2:14) “Una fe sin obras es una fe muerta”.

A esta pobre mujer del cuento le costó un buen susto y varias horas de su vida darse cuenta del error en el que vivía. A nosotros, si no cambiamos, puede que nos cueste mucho más; incluso, la vida eterna.